CANO, ARTURO ARCENIO (1898-1970)
Nació en el partido de 9 de Julio, en 1898.
Su ceguera, adquirida a los 14 años, por causa de la viruela, no le impidió adquirir una formación, llena de sapiencia. Eduardo N. De Risio, afirmó que "lo amábamos porque era demasiado humano y generoso, optimista y de alegre corazón, que curaba en triste mal metafísico de los introvertidos con su palabra cálida y retozona. Eso que estaba privado de la vista, aunque veía nítidamente con los ojos del alma".
Periodista sagas, su prosa era amena, y manejaba un acabado discurso periodístico. Solía disponer de un secretario, quien tomaba dictado de su notas. Su hermano Enrique, jamás editaba una noticia de relieve sin antes consultársela.
Era extremadamente bondadoso, no con a la manera de la lisonja superficial. Por el contrario, su bondad era honda. Desde luego, "la bondad no es norma, sino acción. Un acto bueno es moralidad viva... El que obra bien, traza un sendero que muchos pueden seguir"(4).
Durante varios años, dirigió la biblioteca que luego hubo llevado su nombre. En 1963, EL 9 DE JULIO, comentaba -respecto de Arturo Cano- que "desde hace 15 años viene realizando una labor fecunda y ejemplar, siendo el eje de la trascendencia de esta biblioteca. Hombre de sólida cultura, dotado de ese espíritu de maestro nato, cordial y modesto, los escolares [...] lo encuentran con su invariable buena disposición cuando diariamente acuden a él en busca de la información o la orientación que necesitan".
Solía ejecutar el piano, y leía el alfabeto Braile. Aún se conservan algunos de sus libros, tal como el Evangelio de Lucas (The Gospel of St. Lucke), editado por la The British and Foreign Bible Society.
Arturo Cano, falleció en La Plata, el 3 de julio de 1970.
Así como su hermano Enrique, fue un hombre grande, en lo más excelso de la expresión... Una grandeza, que nacía en su humildad. Claro, en definitiva, "los grandes hombres constituyen un ejemplo porque, siendo idealistas, innovaron en su época y se anticiparon a las siguientes"(5).
Roberto B. Tarantino, en un poema que tituló "Muerte del hombre árbol", lo describió con elocuencia:
"En la excelsa grandeza de su mundo,/de su mundo de horizonte ilimitado, /
proyectándose augusto/ en la claridad de su visión profunda,/ vivió/ como vive el árbol, /como "hombre-árbol", / enraizadas sus bases en la tierra, jardín de las flores de su esencia.
"Nutrido de savias generosas, / supo dar los frutos/ de genuinos valores substanciales/ que, prestas,/ recogieron fuentes de inquietudes.
"Sus hojas, / dotadas de verdor inalterado, / iluminadas por brillantes soles/ cumplieron fotosíntesis/ purificantes de viciados aires.
"Sacudidas sus ramas/ no pudieron tempestades/ doblegar su enhiesto tronco,/ manteniéndose erguido/ hasta la sentencia inapelable/ de la ley inclemente de Natura.
"Murió/ dejando en derredor,/ como el árbol deshojado del invierno,/ tristeza,/ desolación,/vacío.
"Su vasto follaje será/ abono germinante/ de simientes/ que alentarán nuevas primaveras/ en la suerte fecundante de la vida".
